A los pies de Fuencaliente, a 650 metros sobre el mar, explotó el volcán el día de San Antonio de 1.677 formando un cráter perfecto por el que ahora caminamos. De sus vértices, impresionantes panoramas se extienden hacia ambos lados de la isla.
Desde el cráter el camino desciende por un árido paisaje cuyas escorias volcánicas y dunas de arena negra contrastan de manera permanente con el intenso azul del océano y el jugoso verde de los viñedos.
En el Roque Teneguía, un promontorio de color claro que emerge entre las cenizas negras, encontramos los grabados rupestres que los antiguos aborígenes de la isla dejaron aquí y allá para certificar su existencia a las generaciones venideras.
Poco más tarde alcanzamos el Volcán Teneguía, el más reciente de todo el archipiélago canario. Aún hoy emanan de sus pies vapores calientes de olor sulfuroso. Por su flanco izquierdo podemos ascenderlo y contemplar los espectaculares ríos de lava que derramaron en el mar y extendieron la isla hacia el sur. El paisaje sorprende por su aridez y describe con dramatismo la extraordinaria fuerza que brota de la tierra con la erupción de cada nuevo volcán. Nuestro camino desciende ahora placentero por entre los campos de arena volcánica hacia el Faro de Fuencaliente hasta alcanzar las salinas. Junto a estas, una pequeña playa invita a un refrescante baño en sus aguas cristalinas. Terminamos con un recorrido por las antiguas salinas, aprendiendo todos los procesos artesanales que, todavía hoy, siguen sus operarios para obtener la sal del mar.